10 de junio de 2013

LA JAULA

El tenía la llave.
Sólo forjaba los barrotes de la enorme jaula en la que encerraba mi cuerpo, hundiendo mi  alma y mente en destierro impropio de la claustrofobia de saberme dentro de su puño, encerrada en sus manos de plumas morenas, viajeras sin tiempo ni destinos, viajeras desveladas, sabiendo su partida, pero sin poder adivinar regresos.
Así, me cubría con su negra tinta, rasgando la piel, la propia que temblorosa de ansias suplicaba por el fin de sus tormentos. O el comienzo de aquel viaje sin orillas, sin horizontes, sin colores que fueran nuestros. 
La puerta cerrada y los espejos, que me recordaban seguía siendo, anhelos de su fuego, y alimento de sus volcanes, de sus lavas guerreras, sin tiempos ni vergüenzas. 
Mi voz silenciosa, gritaba a torrentes cuánto lo amaba, sin sentidos que pudieran detenerme, sin destinos que pudiera añorar.
Doseles enredados en la memoria y en el anhelo, tejiendo su seda a mi superficie, apretando fuerte mis suspiros que pugnaban por escaparse tras su besada sombra.
Bajaba de la torre por el escarpado camino descuidado, apenas miraba sobre su hombro de reojo, con media sonrisa escapando de sus labios, y en esos ojos moría, mi deseo allí moría y bebía, la ambivalencia de saberlos prohibidos, lejanos, dueños de mi nombre y mis adentros. Silbando secretamente canciones, andaba los caminos ante mi, con su paso despreocupado y soñador, sin volverse, sólo apenas cuando los gemidos de mi alma muriendo de sed, se colaban por las pequeñas grietas donde escondía su amor por esta condenada.
Mi garganta, seca de tanto suplicar por el agua de sus labios, apenas me daba respiros, silentes, y de a poco goteaba el caldo de sus palabras veladas, hasta el mismo centro de mi ser; malhadado y cínico de placeres, no deja que beba a trago puro de sus mieles, sólo de a gotas me siembra la sed en la orilla de mi conciencia, de mi espíritu alado, llenando de sí cada centímetro de mis plumas. Esclava, sin peros ni pares, así de dócil me ata con sus palabras destiladas en las rajas de mis ojos que llevan sus sales al parto de mi memoria, llenando cada pincelada del horizonte que quedaba, entre barrote y barrote.
Creída, un día que asomé a la puerta apenas abierta, rompí vuelo dislocado procurando entre llantos perderme en la inmensidad, sin vueltas.
Y así, me llegué al laberinto sin demoras de aquél infinito; irónico el futuro que esperaba se hizo presente, la misma salida abriendo la puerta de mi destino. Vuelo simplemente en curva cerrada, sólo alrededor del secreto de su dulce boca quieta.
Aquí, presa por la soga de su rostro contemplándome, me quita el aliento y me tiende a sus pies, rendición y pacto.
Un pájaro, preso en la libertad de las alas del otro, que vuela su destino, sin piedad, sin olvidos; con promesas, sin testigos.
En su boca de ave, en sus manos de plumas negras, allí estoy aún, adormecida de su voz, encantada. 
Sin pudor.



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