29 de enero de 2013

LUNA EN PENAS

La luna que me persigue...que te baña, te sigue.
El recuerdo de canciones de nuestras noches,
de nuestras vidas, parece mentira, cruel,
se siente a veces, muchas, que ya no estás...
Siguiendo lunas llegaremos lejos, hoy y ayer,
siempre de rutas, en un Cadillac viejo, tal vez
del color de las noches miles estrelladas
en que juntas, rezábamos recuerdos, al alba.

Te juro, que cambiaré, te juro...
Vamos mi cariño, ¿dónde vuelas hoy?
Que hayas partido este corazón,
y la luz de la luna, que ya no te vió.

Corazón de Pomelo, agriados venenos
sorbidos de caducas rancias sociedades;
enfermas y enfermos, te fuiste muriendo,
y hoy te extraño, igual, dormida,te quiero.
El agua nochera, bañando hermandades,
inexplicables, inconfundibles, imborrables.
Te extraño y me mata no poder buscarte, no
quedan letras que me lleven, allí donde estás.
Justo, hoy, apenas ayer, seguro mañana
mi alma que siempre te anhela, tu anhelo,
sana, riendo, alejando sombras, matando
hembras hidras de venganzas a destiempo.

Vamos mi cariño, que todo estará bien...
Ya no lloras más, no hay soles que pueda bajar,
no hay mares que pueda aunar, por vos, ya.
Mis ojos te miran, y el vacío te vuelve a llevar.

Son casi las cuatro de la madrugada...
Y el dolor que traspasa esta gran soledad,
esta que mata, no poder revivirte, una vez más.
Esta noche, ya no llores más, ya no, sé paz.
Esto parece verdad para quién, no,
no para mí, que no pude arrancarte de aquél
infinito destierro, que hoy no sería, ya fue.
Un ángel para tu soledad, amándote, en ley.
Muescas, muecas, ácidas lágrimas fingidas,
pintadas en tu cama de verde patria y greda,
las sotas y los bastos simulando en su teatro
eterno de esas hieles, vidas, que te marcaron.

Un grito de injusticia, parte mi garganta
pero, nadie me habla de tí, y te extraño.
Apuraste el vaso, de la perdición, y no,
no estuve, no pude, parar tu presagio.

Amando plumas tatuadas, plumas voladas
al viento, silbando de ayer, rockandrolles.
Obsesiones de agua podrida, tu cuello
en la mira, blancos pimpollos, tu alma perdida.
Mirando esta luna, me llega, de lejos, vahída
tu voz solitaria, bebida en venenos amigos.
Venenos negros, de odio y mentiras, en
vasos vacíos, gemelas rancias y corrompidas.
Miro hoy tu jardín, y ya no es el mismo, no;
ya no pasean por él, traicioneras mariposas,
alas rasgadas, aciagos aguijones, con uvas
dulces, mistelas en los labios, hieles disfrazadas.
Sin embargo, te extraño, elegiste bien.
Mi ausencia, elevaba tus pies cansinos,
bañados de penas, en licores argentinos,
siguiendo seducida, la final ruleta rusa.
Y hoy, ya no, ya no riego tus penas,
con mis lágrimas, en mi pecho, a mis hombros.

¿Cuántos infiernos habré de llorar, hasta llegar
hasta vos, a tu sembrado y oculto silencio?
Van las madrugadas a destiempos insensatos,
un beso al aire, pasado, la luna te lo está llevando.

Agostos, ya jamás serán los mismos.
Tampoco navidades.




27 de enero de 2013

BUSCA LA PAZ...

La tristeza, el miedo, la ira, los celos, el odio...


Sentimientos estériles, por los que no vale la pena perder ni un minuto de tu precioso tiempo de vida.

25 de enero de 2013

PERPETUO

El cántico oscilante, sereno susurro, centenario bramido.
La danza inmutable, constante, entrañable.
Bañando de caricias eternales, suavizando las heridas, propaladas por el tiempo y las batallas.
Guerrillas, las da y las quita. Horada y cura, la misma herida.
Amor y empeño, odio y castigo. Rutina de un tiempo indefinido.
La envuelve, derramando sobre ella la dulzura de su sal, la que hiere, la que quema, la que cura.
Poderoso y bravío, a sus plantas rendido cae siempre. Mendiga el abrazo, el amor, su cariño.
Ella, inmóvil, le obsequia silencios, eternidades fieles, amor perfecto.
No discute, no perdona, no traiciona. Ama, siempre, impávida.
Idilio incomparable. Amor como ninguno.
Por él, ella espera, bebiendo horizontes, rezando eras.
Por ella, él muere y renace, sangrando mareas.


23 de enero de 2013

DIECISÉIS VERDUGOS

De a uno sumaban los escalones, al cadalso.

Sinnúmero de razones para vivir.
Una, la eterna: haber traído al riego planetario,
una sangre más nueva, única y propia.
La más amada.
Y sus alas, fueron.

Trece, el número, si, de la mala suerte.
Peor aún, la muerte.
Siete escalones hacia el tablado, y no.
No son los peores, no.

José Fernando "Chenga" Gómez
Gonzalo "Chenguita" Gómez
Pascual Andrada
Humberto Derobertis
Carlos Luna
Alejandro González
Víctor Rivero

Los peores, lo dirán: el cinismo del olvido, del origen mismo.
Del amor al género, a lo propio.
Ser mujer.
Más aberrante, alimentar al demonio sediento de sangre.
Seis escalones, un patíbulo.
Abyecto.

María Azucena Márquez
Irma Medina
Mariana Bustos
Daniela Milhein
María Rivero
Cintia Gaitán

No, no es lo peor. Y sí, faltan aún tres.
No lo olvido.
No lo olviden.
Lo peor, mezclar  las heces, con la balanza.
Tres escalones, más, tres verdugos.
La fase última de la condena, manifiesta en tribunales.

Alberto Piedrabuena
Emilio Herrera Molina
Eduardo Romero Lascano


El último hilo, no se debe cortar.
Diez años. Diez vidas.
Un alma.
Marita Verón.
Una esperanza.











21 de enero de 2013

ECOS

Él pérfido filo de  tu daga maestra, 
me rompe entre silencios y ausencias.
Gota a gota, la lluvia indiferente
carcome el fantasmal reflejo inseguro
de la mentirosa efigie alegórica,
la mascarada de este amor irracional.
Alborozo desde  el eco de la calle,
del dormido espacio agazapado,
esperando me distraiga un momento
y dejarme derrapada en atropello
por la música de tu voz adormecida.
Prefiero el bramido partiendo la garganta,
el estruendo iracundo de protesta,
a la helada sepultura de tus labios.

La daga que se baña redundante
riendo con cinismo a carcajadas,
en el abismo doloroso de mi ensueño.






9 de enero de 2013

EL AZUL DE LA ROSA - cuento -

Con la barba entrecana a medio crecer, anhelaba lejanías al trasluz de la ventana, sus dedos arrastrando angustias lentamente sobre el vidrio, sin delatar el galope arrítmico del corazón adolorido.
En sus sienes, aún latiendo, se agolpaban los días en recuerdos vertiginosos. ¿O fueron horas? Tal vez minutos. Siglos.
Si, justo.
El calor de su presencia en su vida, dolía donde quiera que miraran sus ojos nostálgicos, inundados de su figura, derramando soledades de su aliento, susurrándole poetas antes de que abriera sus ojos al día y hasta que la noche le hacía perder la consciencia.
De vitalidad, ése aliento.
El recuerdo le encogió las entrañas, quitándole el aire que apenas inhalaba.
La vida había sido una buena maestra y él, terminó siendo un alumno muy aplicado. Interminables noches  y días  curtieron no sólo su piel, su cara, sino también su alma y su espíritu, no lo habían preparado para el inexorable empuje de su influencia inagotable, de dulzura, de paz y de un raro sentimiento que no lograba descifrar. No, mucho más poderoso que eso.


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Había llegado a su orilla, un día memorable, olvidado ya del calendario, en el que todas las veredas del añejo pueblo se confundían, llevándolo al destierro y las oquedades aprisionaban con furor su desvelo, vistiéndolo de soledades a jirones, deslucidas por el paso de los tiempos.
El verla sonreír tan sólo, lo envolvía en inédito gozo que transformaba
lo demás en nebulosa, sin mayor efecto en su  memoria.
Los días que pasaran juntos, se le habían hecho insuficientes.
- ¿Qué estarán buscando esos ojos? - preguntaba clavando biselada su mirada en la suya, temblorosa y sorprendida.
- Je, je...sólo...te miro, corazón - lograba balbucear, mientras forzaba a sus sienes a controlar su desboque.
- Mmm, qué mirada tan dulce...- destilaba.
- Dulce eres tú - balbuceaba. Lo podía...
- Tú me vuelves miel - el lento susurro, recorrió cada centímetro de su cuerpo, enervando su mente, dejando sin riendas su corazón, al filo de la pendiente.
Así era ella. Todo lo que hacía o decía, modificaba su universo. Con sus ojos podía simplemente incendiarlo desde su núcleo, o suspenderlo en inconmensurable paz, derribando impasible cada una de sus barreras, en efecto dominó.
Su voz siempre envolvía su alma, enlazándola de tal manera, que quebrantaba sus defensas fortalecidas con la dedicación de sus décadas habitadas, forjadas con el fuego volcánico de las experiencias en carne viva.
Y sólo un soplado murmullo, lograba hacerlas desaparecer, como si jamás hubieran existido, abortándolo al desnudo, a pleno frío mundo.
Y el miedo. MIEDO.
Tanto poder,  le tiritaba el coraje, hasta que su mirada se tornaba blanda.
Su desgarbada figura, lo había sugestionado desde el primer momento en que interrumpió el rutinario horizonte de su vida.
- Ven, llévame hasta donde nace el viento, a que nos arrastre hasta donde engendra las tempestades - la sonrisa la destellaban sus ojos, y él la bebía obediente.
- ¿ Y dónde queda eso? - musitaba trémulo.
- Justo en el centro de tus brazos, amor, amor mío... - tan natural, como si no hubiera declarado la fórmula que anulaba la gravedad.
- ¡Vamos! - escapó de repente - ¡Contigo, al origen mismo del mundo! - el grito rebotó en las rugosas paredes de su mente, muriendo sin valor ni verbo, aunque su cuerpo, le obedeció dócil y servicial.
Eran sus brazos, inquietos, hambrientos, infinitos; tan sutiles, mansos y ligeros, los que lo enlazaban de tal manera, que lograban envolverlo - o al menos éso sentía él - de pies a cabeza, manteniéndolo cautivo, aún horas después de tocarlo.
- ¿Dime... qué estamos haciendo? - la pregunta naciente, de su norte perdido.
- El amor - aseguraba.
- ¿El amor? Pero si sólo estamos acurrucados en esta roca - lo desorientaba, pero la curiosidad podía más que su razón.
- Perfecto, ¿ no crees? - sonreía, eterna - no tenemos sexo, y nos hemos amado más que nadie por aquí, en mucho tiempo. - retumbaban, suaves sus palabras discurridas en secreto, como si nadie más debiera descubrirlo.
Comprenderlo, erizó su piel con deliciosas pinceladas frías.
Sin recordar de dónde, la había traído el viento, instalándola en sus espacios y volviendo arco iris, todo lo que en su vida tocaba. Solía decir que Dios la amaba tanto, que le había dado la vida más de una vez, sólo para llevarla hasta él.
Tal vez por eso, sentía a veces que lo traspasaba, como si pudiera lento, llegar hasta su mismo centro.
Esas palabras, trenzadas  a su risa, lo mismo que a su pelo o a su cuerpo, cuando se pegaba a él, como si el vacío los hubiera sellado en un abrazo peregrino, obsequiado con todo su cuerpo.
Todo. Toda. Quizás la génesis del asunto.
Toda ella se entregaba, daba igual si comenzaba con una sencilla pregunta, andando conversaciones intrépidas o serenas; en caricias embebidas de ternura o sedientas de necesidad y anhelo. O bien entre miradas anochecidas e insondables, del más puro fuego crepitante y agudo o  achispado y jocoso. Ya en lentas caminatas y danzarines festejos, o en flemáticos mimos, estrechos e interminables, llegada la noche, previa al descanso.
Sus dedos, acariciándolo hasta que del mismo quicio, le arrebataban desvelo e intenciones, mesmerizándolo en la modorra, nacida del refugio de su abrazo.
Y crecía, la conciencia de sí mismo, recrudeciendo en sus adentros, el primitivo  temblor, que lo volvía un niño temeroso.
Por ella, por esa entrega y ese caos que  representaba lo cotidiano en su compañía.
Aún los silencios. Sobre todo, los silencios.
La conciencia de su presencia, a veces le llegaba antes de abrir los ojos, conquistado por los aromas de su presencia invadiendo la casa: rosas y canela, coco, limón y aún otros, que no conocía.
Ya fueran comidas deliciosas o sencillos momentos en placentera compañía mutua, todo se volvía especial en sus manos, conmoviéndolo a diario.
Y se sorprendió buscando afanoso un detalle, que pudiera en algo retribuir tanta felicidad, tanta dedicación.
Cerrando los ojos, con este pensamiento, buscó algo que fuera especial, único. Para ella, como ella. Y se inundó su mente de un bello color azul. No recordaba bien, desde cuándo se habían fusionado, ella y el garzo color, pero así los vió.
Bien podía deberse al cielo que volaban juntos diariamente, o al mar que los acechaba a veces en los bordes de sus caminatas; quizás que recordara sentirse arrullado en sus brazos, abrigados de añil, o simplemente la magia de su voz. Así fue que buscó, creó un original detalle, sólo para su corazón.
Y una de aquellas infinitas mañanas, mientras la amaba dormir, dejó a su lado una pequeña, pero bella, rosa azul.
- ¿ Mía? - lo bebía con sus ojos sorprendidos - ¿Por qué así?
- Por el cielo que hay en ti... - declaró, tranquilo.
- Gracias no serán suficientes - susurró. Él sonrió.
- No... - la luz lo iluminaba. O el amor.
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Sin darse cuenta, sus yemas se habían enfriado, en la álgida luna de la ventana. Cerró fuerte su mano, y sintió enlazada la suya,
pequeña e iluminada como pálida paloma, cuyo máximo placer era tocarlo, dibujando cada línea de su imagen, ajada de soles e inmensidades.
Únicos.
Cada minuto, respiro, sonido, espacio o paisaje, se volvían únicos a su lado, se repetía, para no olvidar jamás.
Luego, el miedo, infectándolo todo.


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- Tal vez... - dudó y su voz temblaba - de alguna inconcebible manera, me equivoqué, creyendo que sentíamos lo mismo - cerró los ojos, como queriendo borrar malogradas visiones, y de nuevo lo miró, quieta, casi suplicante.
- No sé qué decirte, eres especial, sólo que... - lo detuvo empalagoso el pesado silencio.
Aún allí, tan singular, a medias, sonrió.
Por última vez, inevitable en ella, su brazo se extendió hasta su mundo solitario, y sus dedos tallaron el lienzo de su rostro, a pura llaga por dentro.
- Te amo..., siempre - la brisa del susurro caló hondo cada grieta de la herrumbrada armadura.
Y partió.
Y el resto del mundo, se desplomó sobre sus hombros.
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Jamás, nunca, pensó que existiera tan profundo dolor. Espeso, denso y tétrico, como niebla de invierno.
El mismo que inundó su interior, uno a uno, al ritmo de los kilómetros sumándose entre los dos.
Lo mismo hubiera sido que se dejara llevar al espacio, más allá de la luna, aquella que una vez, ella le regalara.
Sin un átomo de oxígeno en su pecho, una roca reemplazó a su corazón.

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Lloviznaba, acompañada de un viento loco y fiero.
El vendaval  había encontrado la puerta de su mente y escapado, apoderándose de su planeta inhabitable.
Las horas pasaban, cerrando el vértigo de sus ojos.
Días, minutos, meses, sin razón ni conciencia. Nunca supo cuántos pasaban, sólo rozaban su exterior, de oscuridades y luz.
Algunas de esas sombras, lo sorprendían a mitad del aullido lacerante desde el hueco de su pecho; gemidos huérfanos recibiendo el amanecer, empujándolo a su rutina oxidada, la brújula de su interior habitando las calles, apenas lamiéndolas como paria.
Otro duelo llegaba a su fin, una vez más, acalambrando su mirada y su espíritu, frente al oscuro horizonte que, locamente, había perdido sus tintes.
Las huellas que penaban por la arena, no eran las pretéritas amadas. Todo alrededor lo lastimaba, todo el vacío que su ausencia llenaba.
Deambulaba peregrino los últimos metros hasta su casa, madre de mayores penas, empujado por la brisa, simple cáscara de otrora varón airoso, nutrido de felicidades.


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Cerrar la puerta, al empuje del viento revelado, se hacía difícil esa noche. El viento dejaba escapar sus últimos arpegios ululantes, y fue entonces que lo oyó.
O tal vez la urgencia de tangibilidad del recuerdo se confabulaba, desgarrando el cordaje del violín de su alma.
Y otra vez.
- Amor, estoy aquí, mírame... - casi una antigua balada.
Resistiéndose el cuerpo, su alma dio el giro, y la vio.
- No pude... - exhaló, sin fuerzas.
La miró, la sintió, la absorbió.
El golpe de luces a color, fue tan grande, que cerró los ojos con dolor.
El vibrante azul, ya conocido y tan amado, invadió el confín de su visión, hasta anclarse en aquella mirada, la misma que llenaba de chispa su existencia.
Otra vez, el cielo entre sus brazos.
De nuevo suya, la rosa más bella.












4 de enero de 2013

LA PUERTA

23:59
Había notado al pasar los días, que mis pasos ya no eran tan livianos.
¿O eran los caminos que ya no eran tan rasos?
Tal vez me equivoqué y, creyendo senderos, caminé montañas...
¿Será?
Pero en lo que todo esto enmaraña resolverse, mis hombros aún decaen y se extienden en fatigosos brazos que a veces, semejan no tener final.
Quizás ya ni encuentre siquiera mis dedos, perdidos en los fondos de la harta oscuridad...
El pecho ya no se llena de suspiros ahítos de vientos solanos cardinales y rebeldes de puro aguacero.
Poco a gota, se fue quedando sin espacios, sin refugios para insólitos amores, mimos y amistades. Para nuevas metas, anhelos y sueños.
De repente era mi cuerpo íntegro contrayéndose, dejando escapar los últimos átomos de oxígeno, reduciéndome a la oquedad, repleta aún así de la gravidez toda,  sobre mi pobre espiral personal.
00:00
EL esfuerzo, la agonía ...sí.
Por despertar, por vivir. Esa insana necesidad urgida, de seguir el bordado sobre el lienzo del destino.
Intuir. Y la gnosis desde la certeza, casi sepulta en este deshidratado envase.
Lo había olvidado, omitiendo.
Exacto!
La puerta tras mi maltrecha sombra, seguía aún abierta.
Rechinando, el golpe de mi conciencia, la cerró.
Re parirme, abrió a lozanas bocanadas, 2013 pórticos de adelante, sin umbrales.
00:01