11 de febrero de 2013

MIENTRAS FALTAS

Entonces, mientras tú no estás, 
aprovecho las mil horas 
infinitas e inacabadas, 
para borrar las sospechas de mi alma, 
las que me susurran a gritos, que 
estoy cayendo, estoy muriendo, 
sin remedio ante ti, enamorada.
Utilizo sabiamente estos momentos, 
para hacer un recuento sin excusas, 
de la cantidad de valiosos pensamientos, 
tan difíciles de contener en este sobre,  
cada uno y todos ellos, 
bautizados dulcemente con tu nombre.
Repaso con esmero preciso, 
cada palabra de tus pensamientos, 
cada rezo en el templo de tus sueños, 
adosados cuidadosos a cada uno de sus ecos, 
los desgrano en cálido rosario 
y luego, hago penitente con ellos 
mi bendito protector escapulario.
Ordeno diligente, guardando 
con candado a cada una, 
las noches que he pasado a tu lado, 
desde el bajo atardecer , recién nacida, 
noche cerrada y después, incandescente,
ver nacer al anciano perenne, 
rojizo como nuestros amores, 
avergonzado por nuestros placeres.
Limpio, sacudo y re ordeno, 
el estante en el que guardo tus regalos. 
Primero, las promesas de tus ojos, 
cada vez que recorren mi figura; 
luego, los dibujos de tus dedos, 
que repasan testarudos el lienzo de mi espalda; 
las copas de tus manos, conteniendo 
incansables el fruto de mi alma; 
el abrigo de tus piernas artesanas, 
entretejidas a las  mías desoladas; 
le sigue la cuna de tus brazos, 
empecinada en mecerme ya dormida; 
detrás, el reloj tallado a mano, 
de tu pecho marcando religioso, 
que tardamos en adormecernos, los segundos.
Luego, el volcán que me alumbra cada noche
junto al pozo rebosante de tus besos, 
del que bebo ansiosamente, cada día. 
Zaguero, el mayor tesoro que me has dado, 
tus poemas en devoto relicario, 
envolviendo el cristal de tu voz amaderada; 
y aunque me cueste creerlo, todo esto apenas
ocupa la mitad barnizada de la balda. 
Intrigada me pregunto raudamente, 
cuál será el presente que hace falta; 
es entonces cuando rompe mi rutina, 
del doméstico quehacer en el que estaba, 
el sonido firme y palpitante, 
de tus pasos llegando a nuestra casa, 
y si, afirmo levemente, es ése,
 el obsequio que necesitaba.
Decidida dejo para otro momento, 
sobre el piano la cuenta olvidada.
El reclamo de tu vida en la mía, 
conjugando cada uno de los tiempos, 
es en este instante, el deber que me reclama.