26 de febrero de 2013

ESTERTOR

¿Cómo puede decir un muerto, estoy muerto?

A menos que esté viviendo su muerte, o muriendo su vida.

Muerto, se siente un fuego por dentro, marcando en corona lo que una vez fue cerebro, quemando con ácidos los ojos, ahora cuencos viendo, en cada una de las células necróticas que se suponen cuerpo, y ya sólo sirven de saco para la nada que se mueve dentro.

Nada, se siente como un millón de agudos flechazos y garras dracas desgarrando, perforando hasta el silencio de la muerte misma.

Silencio, se grita a partos desde las avernas rajas de la garganta, del corazón, desde el origen mismo de la infecta entraña, descascarando cuerdas, agrietando lenguas, deshaciendo labios, multiplicando voces muertas.

Vivo, exactamente lo mismo.

Estar viva o estar muerta.

Una maraña sin respuesta, ya que al caso es lo mismo, un total sinsentido.
Desgaste vano de esencias vitales muertas.
Derroche cínico de llamas mortales vivas.
La duda desvaneciéndose en el universo de lo incomprendido.
Igual viva, que muerta.

Sentencia vívida.

Necrodestino.