2 de noviembre de 2012

QUINO

Miré. Dentro de sus enormes y límpidos ojos.
Y ya no estaba.
El ayer me habría traído de esa mirada, inocencia, paz, persistente curiosidad  y  la explícita sensación burbujeante, de sorpresa constante.
Y hoy, ya no pude encontrarla.
Me habría llenado el pecho y la mente, de risas musicales, cantos felices en ciernes y preguntas de  argentinas tonalidades.
Y hoy, sólo el llanto y el pesar, se traslucen en su cantar.
O la brillante determinación de auto control, de exploraciones en cuidadosos avances.
Y siempre, siempre aprendiendo, riendo, soñando y corriendo. Corriendo como si el espacio siguiente, fuese mejor que el anterior...
Y hoy ya no; miro y ya no.
Sólo veo su esperanza a la mitad cercenada y el que será interminable duelo. Duelo de manos, de voces, de sueños, de elecciones y libertades. De felicidades, jamás conquistadas al todo.
Ayer miré en tus ojos, niño, ayer en tu completo nido, lleno de abrazos y amores dobles.
Y hoy, ése cuadro se ha desvanecido.
Ayer, reía feliz de pensarte en mañana, crecido y entero, feliz y aguerrido.
Y hoy, sólo veo tus ojos heridos, llenos de incertidumbres y decepciones,  de divididos almanaques, de imperceptible olvido.
Hoy miro a tus ojos, mi niño y quiero, necesito y ruego, ruego para alterar ése destino.