9 de noviembre de 2012

LUCHAR ESPERANZA

Encontrarse de nuevo, con las mismas preguntas una vez más, las mismas evidencias...Ver que a pesar de que lo que se camina en esta vida, de juntar rutas a montones, y con ello alguna vaga experiencia, que ante algunos hechos, tal vez los más importantes, se vuelve inútil, deja de valer como pericia. Que ante algunos desafíos, queda en la nada.
Volver a examinar la vida desde afuera, desde el banco a la orilla de este camino, en el centro de esta plaza, la existencia... Entre mullido colchón de hojas, si se quiere de otoño, respirar hondo y preguntar:
- ¿Es que será así siempre, Señor? ¿ Es que así lo fue, desde el principio de los tiempos, y ya no cambiará? Este ritmo, esta eterna rueda...del cuasi destino... ¿El haber dado un paso, siempre requiere que el otro retroceda también uno, casi como por turno?... O tal vez más...
Simplemente ser un observador, intentando oculto o invisible, si más se requiere. Llevarse siempre la sorpresa de que la vida, de sorprendente, ya no tiene nada. Apreciar elecciones de otros caminantes, que van a la par, con uno pero tan a la distancia...
Caminos paralelos, pero en sentidos encontrados, senderos paralelos, pero con dispares corajes.
Y la pregunta vuelve a resonar a la distancia, pero fresca,  como recién cortada del árbol circundante de los pensamientos: "¿se repetirá la historia? ¿Es que siempre logramos la misma meta los seres humanos?"
Siempre llenos de miedo, de especulaciones,  de falsos prejuicios sobre gente, por la que ni siquiera nos tomamos la molestia, de adquirir un  profundo y concienzudo conocimiento.
Aunque cambie el paisaje, en veranos tórridos o fríos inviernos, en primaveras dulces o suaves otoños, el asiento de la plaza, sigue allí. Inmóvil, cual eterno. Sentarse en él es casi un rito, una profunda necesidad. Observar, ver y considerar  cómo la naturaleza humana interactúa con cada decisión tomada, qué distancia hay de los corajes, ayuntados pero tan diferentes, tan alejados del hombre en sí mismo; corajes para vida, que alimentan a la paz, que apuestan, que se juegan por la vida; que dan todo por el sentimiento, por el amor, por la verdad, por el honor, por la amistad.
Y corajes que simplemente son corajes por sus bríos, con voluntades oscuras, ensombrecidas por aquellos miedos, por el quizás, por corazones llenos de desprecio, de ideas preconcebidas, sobre aquél que nos acompaña, ya sea codo a codo o a las distancias. Corajes para decisiones de muerte, para restarse el minuto de latidos, un respiro más de este aire, un año más de vidas. Para decir "vivo como quiero y por eso muero a cada instante"...
Acercarse a pasos agigantados al fin de esa vida que tanto se pregona, de falsas valentías.
¿Qué aprendimos de nuestras huellas, hacia dónde nos llevaron esos senderos? ¿Qué aprendimos en los agitados mares, de los tormentosos cielos? ¿Fue a caso en vano, toda la lucha, los desvelos; todas las decisiones, todos los "quiero" o los "ya no quiero"? ¿ Acaso en vano embeberse de letras, de ajenas sabidurías, de otras miradas y experiencias, aún más sabias de lo que podrían llegar a ser, en un futuro las nuestras?
¿Fue en vano el haber perdido alas, garras y pico, peleando con el relámpago en medio de la tormenta, para poder llegar a un nido? Un nido en el que me esperan o en el que sólo espero estar a cubierto... ¿En vano luchar con la ola a brazo partido, perder distancias, esfuerzos, perder casi el alma, perder amigos, sumar desvelos? Y elegir orillas rocosas, tempestuosas, destructivas y llenas de desasosiego, desesperanzas, mentiras y angustiosos anhelos.
 ¿Fue a caso en vano las heridas lacerantes por las millas caminadas, de tantos entrañables muertos y enterrados, de tanta sangre paridas de las venas, de las uñas el desgarro por el esfuerzo por seguir andando? ¿De qué sirve sumar en años si no multiplicamos haber amado, haber elegido, haber dejado en la lucha piel, huesos, sangre, pero haber llegado a ése nido?
A esa playa, al hogar, de serenidades, de paz, con sentidos, con corduras llenas de locuras para ajenos, pero propias llenas de felicidades, germinadas de semillas de alegría, de compasiones, de caricias, de compañías...
Sin sentido, así.
Es como se  ve esa vida desde aquel asiento, de aquella plaza. Son tan pocos que deciden echar al olvido directivas de un status, que lo único que logra es desintegrar al humano en sí mismo, como ser vivo, como ser creativo, como ser único, como irrepetible. Y parece que quedan sólo algunos, que eligen dejar garra, pico y pluma, pasos sangrantes y piel, para llegar a la meta y no mirar desde afuera; simplemente dar el enorme salto que los lleve a la existencia que tanto han anhelado...
El éxito también atrae al miedo. Ser feliz no es para todos los que dicen: "es lo que quiero, ser feliz, eso... dejar la tristeza, de vivir en tonos de gris", pero se aferran a todo aquello que les quita el color.
Cada vez son menos, los que eligen levantarse del banco, y entrar a la burbuja que crearon con el propio esfuerzo, que eligen ir de frente, se regodean en la verdad y se alimentan de ella; para los que un abrazo, una caricia y un "te quiero", no tiene valor que pueda pagarse en la vida; un futuro de felicidades, de rosas dispersas, no tiene precio.
Sin importar las espinas que aparecen porque sí, o por aquellos que no saben cómo vivir, cómo lograr sus proezas.
Lentamente sentarse en la banca y afirmar: "sí, es lo que elijo, estar lleno de paz por dentro, de esa paz que nadie sabe dar, sólo Dios ante quien se eleva el ruego". Que trae alegría, que inunda, aún a pesar  del sufrimiento. Paz única. Otros elegirán si compartirla o no, si hacerla suya propia; pero elegir esta paz, este momento aquí y ahora.
Y elegir hacer de este presente, un futuro permanente, Seguir amando platónicamente a los propios, amigos, familia, mascotas y a los que se admira. Seguir amando aunque el otro no elija lo mismo, dejar correr el sentimiento hasta que decidan alimentarlo con más de lo justo, o que simplemente caiga en el olvido.
Dejar ir, dejar rezumar.
Elegir no tener miedo de guardar recuerdos, caras voces, abrazos sentimientos, palabras, elecciones, en la galería de la mente, cuya llave de acceso es sólo un cerrar los ojos, simplemente. Y regodearse allí por todo el cariño que se tiene guardado, invertido, del que se tiene recibo,  que se tiene, dentro, como sublime alimento. Y por eso poder seguir amando, por eso elegir  decir verdades sin segundas intenciones, seguir mirando de frente con profundidad a la pupila, cantando, hablando, susurrando.
Porque las palabras que no son dichas hoy, simplemente morirán, ya no serán mañana. No serán para los mismos oídos, no serán en sí mismas, morirán sin remedio.
En vano sería guardar tantos muertos dentro, cuando lo que el mundo necesita como agua, son palabras que den vida. Por eso, elegir seguir dando. Por eso es que no importa cuánta locura puedan poner de saco, preferir la insania que mantiene con vida, que la cordura de los chalecos que pretenden envolver las ideas, que quieren  estrujar la garganta, cegar los ojos con mortajas de antiguos muertos.
Por ello, dejarse envolver por el helado aire del invierno, los brazos, el cuello, haciendo volar guedejas, llenando íntegro el cuerpo. Respirar hondo, apretados los ojos para ver más profundo y elevarse, aunque el cielo estalle en tormentas. Por eso, elegir el banco de la plaza propia, dentro de la propia vigorosa esperanza.
 Y caminar. Siempre mirando a la meta, disfrutando el paisaje.
Sumando riquezas.