8 de octubre de 2012

AMOR EN CADENAS

Su sueño más amado,
su sueño de cristal,
parecía volverse realidad.
Al escuchar las palabras
llenas de promesas,
el alma se le ponía a cantar.
La amaba, ¡sí la amaba, en verdad!
¡¿Qué mejor prueba que llevarla ante el altar?!
Aunque humilde y sin lujos,
ante él le oyó jurar, amor y
fidelidad, por toda la eternidad.
La llevaría lejos de ése mundo sin piedad,
de esa fea pesadilla, de su oscura realidad...
Había juntado dinero,
de a poco ahorraba y le
mostraba con orgullo,
que era hombre de palabra.
Por eso le creía, porque
jamás le había mentido.
Él, no, él no engañaba.
Silenciosamente  en la
bella madrugada,
partieron un domingo sin palabras,
ni fiestas, ni comparsas.
Solos, hasta el lejano río
que los llevaría corriente abajo,
a lo que sería su ventura, de recién casados.
Al cabo de unas horas
llegaron a su nativo destino,
se adentraron entre los árboles,
buscando ansiosos el camino.
Al avistar la cabaña de
redondos palos grisáceos,
el rostro de su marido,
en penumbras había quedado.
Ella pensó que era ansiedad,
seguramente el cansancio.
Luego de la primer noche,
el juego de amor fue cambiando.
Las ideas de su esposo,
de repente se empañaron.
Ya no la miraba lindo, ya
no le acariciaba el pelo;
en ves de eso un día,
la encadenó a un madero.
Ella sin comprender,
le preguntó qué era aquello,
él por toda respuesta le
apretó más el cuello.
Casi no veía y ya
no respiraba, pero
su querido esposo
la dejó de un empujón,
tirada en el catre viejo
que les servía de cama.
Se fue lejos por un tiempo
y encadenada la dejó,
sufriendo en silencio
semejante aflicción.
Los días pasaron,
y su esclava la volvió.
De tratarla a empujones,
a protistuírla sin pudor,
la vejaba y se servía,
como viniera la ocasión.
Su esperanza cada vez más lejos,
a su raciocinio envolvió,
y en un refugio de silencio
y obediencia, se encerró.
Eso lo puso aún más furioso,
y la azotó sin corazón.
La mutilaba, la ahogaba
y a su tormento no daba fin;
mientras entorno, la gran familia,
parecían no estar allí.
Hasta que un día mirando al cielo
por la muerte digna ella pidió,
de lejos le llegaron voces, y ruidos de motor.
Él estaba por pegarle,
pero su tiranía abandonó;
de manos de su propia madre,
le llegó la corrección.
Mientras sus manos lastimadas
liberaban con presteza,
ella contaba despacio
su corta vida de asperezas.
Los ruidos y las imágenes,
hoy lejanos en su memoria,
reclaman aún a gritos,
el por qué de esta historia.
El por qué de los silencios,
y la familiar indiferencia.
Pero en su corazón nace suave,
una nueva sensación, dominando fiero al miedo,
está el perdón.
Pero a la distancia, mientras más lejos, mejor.
Ya no vive de sueños,
ya no espera un amor.
Sólo espera recuperarse de aquel destino,
que un día casi a golpes la mató.