10 de septiembre de 2012

LA LÍNEA DEL TIEMPO -- cuento--


 A veces las historias se cruzan, otras se tocan suave o dramáticamente. En ocasiones convergen en un punto de partida, de llegada o ambos, y la mayoría sólo coexisten sin siquiera dar nota al universo de su mutua presencia: sólo su propio ruido interno.

 El ruido de cada historia sumado en coincidencias, provoca el refrescante estrépito de la alegría o el alarido atemorizante, furioso y angustiante del dolor.  Como nacer herido de lesa humanidad, como una marca estigmática gestacional que vuelve al ADN, un mero dato de genética básica. Katerina había nacido de esa herida y con aquel dolor en sus venas. Los gritos de su madre en el momento justo de su nacimiento no respondieron al esfuerzo propio del alumbramiento, sino al sinnúmero de golpes que ésta recibía en el vientre con la macana del guardia de turno. Su piel había quedado de un color violáceo con algunas explosiones rojizas, donde la sangre de las heridas provocadas por el alambre de púas con el que la habían sujetado al camastro desde su ingreso, se mezclaban en horrenda confusión, propio del arte del sádico tirano que viola el mayor derecho: el de la vida en libertad.

 Ésa fue su canción de cuna, de bienvenida a este mundo.
 Aún  goteaba sangre del  cordón cortado y se mezcló con la que salía a borbotones del útero de su madre muerta. El desaliñado pediatra la envolvió en un trapo con varios dobleces y la llevó a una habitación donde ya gemían y lloraban tres bebés más, entre las colchas hediondas y revueltas de una cama de dos plazas,  que sobresalía de la penumbra.
   - ¡Una más, mi general! - casi gritó el guardia a la sombra aún más tenebrosa  que apareció en el umbral - siempre nacen más hembras que machitos… Las muy condenadas…
   - ¿Parió al fin la 29?  El Dr. Sin se pondrá contento…
   - No,  ésta es de la que llegó hace un mes del interior. La hija del periodista judío…
   - Mmmh. Era la más revoltosa. Todo el tiempo gritando durante la noche… - dijo  mientras acomodaba el cinto y la pistola. -  No alcanzaba a desnudarla, que empezaba a maldecir a los gritos; yegua malparida, como todas las zurdas.    Y encima paren más subversivas, para alimentar el hambre del soldado argentino, ¿verdad sargento?
   -  Es para lo único que es bueno dejarlas vivas, mi general. Aunque ésta se ve más fuerte que las otras dos. ¿Qué va a decidir, mi General? El Coronel llamó esta mañana y dejó dicho que los "gringos" del norte habían pagado muy bien por adelantado por una hembrita, pero que le pagarían el resto sólo si estaba en buen estado.
   - ¿Así que llamó Camps? ¿No había llevado una la semana pasada?
   -  Si, la de su amante turca.
   -  ¿Otra más? ¿No quieren dejarla sola a la “hermanita”? Yo no pagaría ni siquiera por una, excepto para que me caliente la cama cuando crezca lo suficiente...
   -  ¡No mi general! Parece que a los "gringos", se les murió a la tercera noche.
        En ése momento sonó el teléfono y el guardia dijo: 
         -  Sí mi coronel… sí mi coronel… el general… ¡Si señor! - y taconeó fuerte.
         -  ¿Qué pasó? ¿Ya está listo el avión?
         -  Sí, mi general - contestó  mientras alistaba los papeles y los guardaba en una de las cajas que llenaban el pasillo - Hemos revisado los archivos y parece que están todos. Los soldados están subiendo las cajas del galpón y luego vendrán por éstas, mi general. Dice el coronel que aproveche el espacio del avión para los “fiambres” NN del laboratorio.
         - ¡Ah, sí! Se le fue la mano el lunes al “Cura”... Pasa que se hacen los valientes, carajo… - dijo mientras encendía la pipa de amarillento hueso - Monte todos los cuerpos encima del avión, y si no caben, que “viajen” en el próximo, que justamente tengo que llevar al “zurdito” a Montevideo. ¡Muévase sargento, que en la casa grande se me enfrían las sopaipillas!  Hoy ni tiempo tuve de tomar unos mates, che…
         -  ¡Sí, general!
 El ruido de los motores ahogaba el llanto persistente de los bebés y los gritos lejanos  de las barracas, del otro lado de la pista. El viaje fue el primero de tantos, que Katerina haría en su vida.
 Luego de firmar el cheque por el resto de la paga y recibirla junto a su nueva acta de nacimiento y DNI, sus nuevos padres se alejaron del punto de encuentro en su propia avioneta, hacia su nuevo hogar rodeado de campos verdes y animales para jugar.

 El tiempo pasaba y Katerina crecía, disfrutando la sana y protegida vida de la estancia. Pero llegó el momento de ir a la escuela. Ésa fue su segundo viaje, porque en donde vivía, no había escuelas de la categoría que su familia merecía. Así  que volaron de nuevo, esta vez a la Capital Federal, a su nueva aventura en la mejor institución que podía pagar el dinero de sus padres.  Éste era un colegio privado donde aprendió hablar en inglés y alemán desde el primer grado. A servir el té a las cinco y a tocar el piano. A diferenciar a los pobres de los ricos, a la gente buena de los subversivos, a los verdaderos hombres de los débiles afeminados. A que las damas no lloran en público y sólo sonríen a su marido; a que el color verde olivo era el mejor y más seguro del mundo. Y, aunque sus ojos eran del mismo color, no le causaban el mismo escalofrío que cada vez que lo veía marchando por las calles de la ciudad.

 Luego de una larga temporada alejada de sus padres, pasó un mes de vacaciones en su amado campo, cabalgando en su joven potro regalo de promoción primaria. Y cuando no galopaba, se daba chapuzones en la laguna familiar. Pero eso también terminó pronto y otra vez se encontró preparando una mudanza, pero esta vez era mucho más grande que  las anteriores: sus padres se mudaban con ella a Capital Federal, donde completaría sus estudios secundarios. La estancia quedaría al cuidado de la familia de su nana: sólo para vacaciones y días festivos. Alejarse de su amado campo, hizo más notoria la sensación de abandono, que siempre la acompañaba. Pero había que seguir, ser firme y esconder sus emociones, como buena hija y alumna.
 Llegó a Capital en domingo, y así como se bajó, tuvo que acompañar a sus padres a misa de once. Luego de rezar el rosario  quedó adormecida,  despertando sobresaltada con el pellizco que le dio su madre al terminar la misa. Salieron juntos y en silencio al invierno húmedo de un gris Buenos Aires, que los recibía con un helado abrazo. 
 El resto del día pasó volando para Katerina entre valijas y paquetes de ropa nueva, hasta que cayó agotada en la silla del comedor frente a su cena, que apenas probó. Luego se arrastró lentamente hasta su cama. Parecía que acababa de cerrar los ojos, cuando el reloj la despertó con campanadas estridentes, obligándola a comenzar el primer día del resto de su secundaria, con un suspiro.

 En esta nueva etapa le tocó aprender cosas tan interesantes… Algunas eran emocionantes, como competir con el equipo de natación del colegio, o besarse con el rubio más apuesto del tercer año y soñar con su cabello dorado y lacio, que hacía un bello contraste con el suyo, tan negro y rizado. Después del colegio, le tocaba inglés en el instituto tres veces a la semana, y alemán los otros dos. Por la mañana, los días que no tenía educación física, iba a piano y pintura, para completar su educación. Aunque sus padres se mostraban interesados en controlar sus avances, en sexología práctica y tabaquismo, no fueron un problema, porque eso venía con la solapada "oferta de estudios" del colegio. 
 Luego de reponerse de un aborto clandestino a los 18 años, se apartó un poco de la círculo social del colegio. Y llevar al día sus asignaturas, se volvió de repente una caminata cuesta arriba, lo que la hizo ir buscando de a poco, más horas libres en el día. Se graduó con dificultades,  abandonó  la natación y aunque amaba pintar, decidió cambiar por algo más práctico - aunque caro -  a futuro: la fotografía. Sus padres, cada vez se volvían más distantes con ella, ya que les había sido bastante duro aceptar que su "nenita" tan educada y perfecta, casi había muerto por un mal aborto que la había dejado sin sangre  y salvación. 
 Todo esto, la empujó a buscar rápidamente un trabajo sustentable, para poder vivir sola y  mantenerse dignamente.  Así tal vez recuperaría su afecto, pues aunque no eran muy expresivos, le habían brindado cariño y apoyo siempre.
 Sin saber ingenua Katerina, que las curvas líneas de su historia se estrechaban, cada día más.

 Comenzó trabajando de secretaria de una incipiente aseguradora, y aunque el sueldo no era lo justo, le alcanzaba para pagar sus gastos - que había reducido al mínimo - y sus viajes al trabajo. Todavía vivía con sus padres en el exclusivo barrio de Palermo, pero se trasladaba cada día a su trabajo en colectivo, lo que íntimamente la llenaba de orgullo. 
 Tenía un selecto grupo de amigos incondicionales: Diego, un pianista acomodado, Maruca, una brasilera dueña de una librería del centro, y Eli, un atleta judío, con los que iba a nadar dos veces por semana, volviéndose inseparables. Aunque no permitían que la visitaran en su casona, estaban juntos todo el tiempo que podían. Sus pláticas y discusiones de índole política y social, era lo que más disfrutaban juntos, además de nadar.
 Tenía más amigos de su época de secundaria y de idiomas, así que cuando le festejaron sus diecinueve años, sumaban más de cien. Evento que disfrutó al máximo, como sólo puede disfrutarlo una hija única.

    - Papá, llama a mamá y pasen por mi así almorzamos juntos - le dijo a su padre por teléfono mientras se preparaba para “correr” nuevamente tras el colectivo que estaba por arrancar de la parada - estoy en la facultad.
    -  ¿En la facultad? ¿Fuiste a averiguar? ¿Qué pasó? - contestó ansioso su padre desde el casino de oficiales.
   -  ¡Papá! ¡Espera! No seas tan curioso….-  se rió frescamente Katerina - no es justo para mamá. ¡Oh no, se me pasó el cole!... En fin, llego tarde al trabajo. ¡Besos!
    -   Está bien… - pero ella ya había colgado - vaya con este torbellino. Igual que su madre…
  La hora del almuerzo llegó más rápido de lo pensado, y ya estaban juntos riendo mientras discutían qué menú pedir.
    - Bueno, basta de espera. Mientras llega el asadito, nos cuentas qué pasó en la universidad - le dijo su madre.
  - ¡La facu, ma, la facu! Bueno, en un mes comienzo Relaciones Internacionales. Aprobé el cursillo, y el diploma de Traductora de Inglés que recibiré en dos semanas, me facilitará mucho más el estudio. Es más - agregó con aire triunfante - uno de los jefes de cátedra, prometió considerarme para el puesto de ayudante para este año, ¡un lugar que ocupan los de años superiores! Propongo un brindis…
   -  ¡Por supuesto! Oh, qué orgullosa estoy, hija… ¡salud! - brindó su madre, radiante.
    -  Papá… ¿no vas a decir nada? ¿No estás feliz por mí?
   -  Sí… perdoná Katy, es que realmente me quedé embobado… ¡salud! - dijo y se tomó el tinto de un solo trago.
   -  ¡Cuidado papá, jajaja! No tienes permitido dar mal ejemplo en público… - y luego con sonrisita misteriosa agregó - Además, todavía no termino…
   -  ¿Qué, hay más? - preguntó su madre sonriendo.
  -  Pues, sí. Como me queda más cerca de la facu y del trabajo, Maruca me ofreció la habitación extra de su departamento, y yo acepté - y luego bajando la voz, preguntó - ¿qué les parece?
 Su madre se le quedó mirando con una media sonrisa, y meneando la cabeza de arriba abajo, pensativa. Pero cuando miró a su padre, se le borró la sonrisa y palideció.
-       ¡¿Con esa negra piojosa te vas a ir a vivir?! - casi gritó, levantándose a medias de su silla - Ni se te ocurra. Ni lo pienses, ¿me oíste?
Katy, le clavó la mirada verde y centelleante, suspiró hondo y le preguntó:
   -  ¿Por qué? Qué pasa si digo que sí…- casi susurraba y se acercaba lentamente hacia la cara de su padre.
    -  No tengo más hija. Yo no te crié para que te juntaras con la peor calaña del mundo, judíos rastreros, negras, gitanos, vagos, todo tipo de gentuza.- Respiró profundo y dijo: 
   -  ¡Te quedás sin padre! Si tomás esa decisión, no vuelvas a hablarme.
Se levantó, casi en posición de firmes dio media vuelta y salió del lugar. Katerina, se relajó nuevamente en su silla y  suspiró:
    -  ¿Mamá…?
   -  No hija, nuestra relación sigue siendo la misma de siempre; sólo te pido algo de tiempo para acostumbrarme a la idea. Sabes que nuestra crianza fue muy estricta en ese sentido, pero siento que no es correcto, y menos aún en los tiempos que vivimos. Comprende a tu padre: una cosa es pasar algo de tiempo con ella y otra vivir bajo el mismo techo. ¿Nos vemos luego? Prometo llamarte.-  Le acarició la mejilla y se fue, caminando pensativa.
 Katerina pagó la cuenta y miró el reloj. ¡Otra vez a perseguir el colectivo! 
  
 Habían pasado 2 años de universidad, que disfrutaba cada vez más. Su vida estaba en constante movimiento, y todo estaba bien: sus amigos, su trabajo y su estudio. Se juntaban a comer con su madre una vez al mes, siempre que podían y, aunque su padre no volvió a verla ni a hablarle, ella siempre le mandaba un beso luego de cada almuerzo.  Llamaba por teléfono, pero él jamás atendía, así que no había oportunidad de cruzar palabras ni intenciones, fueran buenas o malas.
 Mientras el colectivo arrancaba desbocado, Katerina meditaba con la mirada perdida en el paisaje veloz, en cuánto la estaba bendiciendo Dios. Sabía que la vida jamás era perfecta: nunca los platillos de la balanza estaban más que sólo un instante equilibrados y había aprendido por sí misma a disfrutar cada segundo vivido, como único e irrecuperable. 
 Eso motivaba aún más su dedicación a la fotografía: eternizaba momentos.   Sonrió levemente, y suspiró profundo, casi tanto como sus pensamientos. En esos días había notado una recurrente nostalgia, su estancia: el viento cabalgando al unísono entre sus rizos mientras galopaba en su caballo, hasta casi tocar el enorme orbe del sol poniente, rojizo y cálido, de su horizonte norteño. A veces se descubría recordando vívidamente el sonido del agua en sus oídos, al zambullirse en la laguna. Si madrugaba, los pájaros acompañando su chapoteo con ensordecedores gorjeos y trinos; incluso revoloteaban sobre la superficie del agua, como festejando su encuentro, animándola a seguir jugando.

 Tocó el timbre y bajó del colectivo. Todavía sentía el eco de los pájaros en su mente, hasta que un fuerte bocinazo, la obligó a despertar. 
   -  ¡Hey ! ¿Querés morirte hoy? Mujer tenía que ser…
 Su corazón latió fuerte//mente mientras abría la puerta del departamento, rabiando consigo misma,  casi en voz alta: 
   –  Justamente, no sé qué diantres me pasa últimamente, que no dejo de pensar en "retro"… ¡Maruca…! Llegué: hola y chau, me voy a dormir. Estoy muerta… Maru…- suspiró nuevamente - Y además, ahora hablo sola...
 Se envolvió la oscura melena en la toalla, luego de la ducha. Mientras se calentaba un plato de macarrones con salsa blanca en el microondas, sonó el teléfono.
   -  Hola… Sí, soy yo… ¿Cómo? - su rostro se iluminó - Si, un momento que lo agendo… Ok. Gracias, estaré puntual. Adiós… ¡Síiiiiiiiiiiii! Oh, esto es una de las mejores noticias que recibí en mi vida… - repetía una y otra vez, mientras marcaba el número de su madre:
   -  ¡Hola, mami! Perdoná la hora, ¿podés mañana esperarme en el restó a las 12: 30? Es que tengo una estupenda noticia que darte… No, ni de novia, ni por casarme…Y, mamá… ¿Podrías convencer a papá de que vaya también? Será memorable, te lo prometo. Estarán orgullosos de mí…bueno, una vez más,  ja, ja. Besos. Nos vemos mañana. Chau.
 Desenredó sus rizos suavemente, preparó la ropa para el día siguiente - un poco más elegante, claro - y de un salto, se metió en la cama.
    -  Gracias, Dios… Gracias.
 Cuando sonó el despertador, ya estaba medio vestida  y con la taza de café con leche humeante en una mano, mientras que con la otra ordenaba su peinado: natural, rizos ordenados por los dedos, nada de peine. Para marcar la diferencia, se puso brillo labial salmón, muy suave y se calzó las botas altas.     Terminaba su tostada con dulce de leche, mientras escuchaba a Strauss, marcando el ritmo  con los hombros y las caderas. Derrochaba alegría por los  poros.
    -   "Al que madruga, Dios lo ayuda"- decía mi nana. 
   Cepilló sus dientes, mientras le escribía una nota a su amiga Maruca. Respiró hondo, cargó su cartera, sus carpetas y salió,  con la sonrisa resplandeciente y el alma llena de música.
 Tomó un taxi, porque iba de tacos y para llegar un poco antes; no quería terminar hecha un atado de nervios. Su cita era a las 8:45, y no quería por nada del mundo retrasarla. Éste almuerzo familiar, sería memorable…
     -  Al 633 - pidió Katerina -. Por favor, no se demore.
 En la  radio del taxi sonaba una canción muy conocida que a ella le gustaba particularmente: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto…” La voz ronca de la Negra Sosa, la embellecía aún más. Katerina tarareaba en voz baja, mientras perdía su mirada en el tráfico furioso de Buenos Aires. Cuando llegó al lugar, miró sonriendo los últimos pisos del edificio, se anudó su bufanda y entró con paso firme.
 Se ubicó en la sala de espera, y comenzó a observar los rostros de los desconocidos, sus posturas, sus características, sus ropas e imaginaba cómo sería cada una de sus vidas. Qué esperanzas tendrían, cuántos planes futuros.  Como ella.
    -  La cita de las 8:45… Disculpe la demora, van 10 minutos de más…
    -  Soy yo… Está bien, no hay problema.
Estuvieron hablando durante cuarenta minutos, luego le hizo preguntas específicas de acuerdo a los papeles que había presentado y finalmente, le dijo:
    -  Bueno, de todos los preseleccionados para éste puesto en particular, usted es la más capacitada. Traductora y tan avanzada en su carrera, con éste expediente… Definitivamente, no quiero a nadie más. Sólo la tendremos un mes a prueba, aunque el tipo de trabajo que hará por ahora, será menos exigente del que estuvo desempeñando en la universidad, así que no representará un reto. ¿Estamos de acuerdo? - le sonrió mientras estrechaba su mano - Espere mi llamada en esta semana, acordamos los detalles y comienza la semana que viene. Fue un gusto.
    -  Igualmente, adiós.
 ¡Por fin! El trabajo soñado… Su asistente personal, a cargo del protocolo además… ¡Eli y Maruca seguro iban a querer festejar en grupo! Miró la hora, la entrevista se había alargado más de lo previsto. Debía adelantar un trabajo final en la facultad, con sus compañeros. Las 9:50, parece que otra vez tendría que correr. Quería dejar todo listo para la hora del almuerzo, y reencontrarse con sus padres para festejar su gran noticia. 
 ¡Sería asistente del embajador!

 Bajó las escaleras, con ensoñación Su corazón latía tan fuerte que la hacía temblar; por un momento sólo escuchó sus pensamientos llenos de algarabía y sus latidos, que de repente se le subieron a los oídos… y se dejó llevar. Su nostalgia la llevó de nuevo a las cabalgatas en su estancia, en  atardeceres naranjas llenos de aroma a jazmines…
 Katy... 
 El viento seductor de su norte querido arrebatando sus rizos hacia el infinito. Sus ojos cerrados, llenándose del naranja encendido de su lejano horizonte. Cada vez más cálido y tan cerca. Abrazador… Ya no importaba que el tiempo pasara, allí se detuvo el reloj: a las 09:53. Ese recuerdo perduraría para siempre, el día memorable de su vida. Aquel lunes 18 de julio de 1994, en su hora más feliz, en su logro insuperable: trabajar en la AMIA.
 Katy... Feliz en sus recuerdos, finalmente quedó así. Con el aullido del viento en su memoria mezclándose con el de las sirenas de emergencias, a los lejos.  Uniéndose en el reclamo doloroso de todo una nación.  
 Su  historia convergiendo al fin con otras ochenta y cuatro historias, unidas por el silencio repentino y feroz que apagaba sus vidas.   

                                                              
                                                                   ***


 “Maru, hoy no iré a nadar con ustedes. ¡Amiga, amiga, amiga, tengo un notición! Entrego el final por la tarde, paso por el trabajo y prometo empanaditas, unos mates calentitos y mucha alegría. ¿Por qué? Hoy es el primer día del resto de mi vida… ¡Gracias por aguantarme! Te quierooo… 
                                                                                                                        
                                                                                                                                          Katy”