1 de agosto de 2012

TODAS SOMOS MARITA...

La fría nieve de la indiferencia cae en silenciosos copos, hora tras hora, cubriéndolo todo. Al pasar del día, ya no guarda siquiera un contorno definido. Suave, en dulce danza de bellos e infinitos copos, va cargando su peso sin remordimientos sobre sí misma, hasta convertirse en lo que a la distancia se piensa una loma de curiosa forma.
Y no. Hundiendo los dedos en el blanco colchón, llegas a tocar levemente algo, duro, tieso, helado.
Metal, piensas. Ah, es una estatua...Claro, si, lo es...Ya tus manos están ateridas pero sigues buscando, con más curiosidad y entusiasmo: quieres descubrir qué es, quién es. Qué hace en ése páramo tan ajeno. Porque algo en su forma te va insinuando una figura conocida. Si...
¡Momento! Empiezas a retroceder, mirando la figura casi con horror: ¡es una mujer!
Bajo la melena envarada, su rostro azulino aparece con un gesto casi indiferente en su boca entre abierta, como exhalando el último aliento. En lo profundo de su mirada se deja ver apenas, una astilla de un dolor antiguo, que luego cubre el hielo de la resignación, apuntando a un  infinito que no podrías tocar aunque te pararas frente a ella.
La cabeza inclinada suave sobre un lado, descansa sobre los hombros caídos. Los brazos laxos, los finos dedos sin norte...Toda ella atada a la tierra pero, proyectada en la nada que ya no ve, que tú no puedes siquiera alcanzar.Con todo un mar de silencios en sus ojos apenas velado por una delgada cubierta de hielo cristal, en lo que fuera la lejana intención de una lágrima.
Te estremece, te clava un pequeño dolor en el pecho. Y te preguntas por qué. Por qué te invade así la pena de sólo verla, sin conocerla, sin escuchar su aullado grito susurrado por sus labios muertos. 
Te resistes, pero tus lágrimas corren libres. 
Te resistes, pero no puedes dejar de verla.
Y en lento puñal hasta tu mente, hiere la razón.
La que ignoras a diario, la que finges querer, la que saludas apenas con un movimiento de cabeza; esa que apenas cubre su cuerpo amamantando, y desfila sus mejillas amoratadas ante ti, mientras tu desvías la mirada. 
La que apenas mira por donde camina presurosa, hacia el monstruo que la encadena en su cárcel especialmente diseñada; la misma que arrastra los pies bajo el vientre casi descolgado, que asoma bajo costillas dibujadas. 
Que la llenan de lujos, mientras exprimen en un puño, las últimas gotas de su alma de esclava.  
La que el pasado mes fue mutilada por uno más de tantos, que ya perdió la cuenta; aquella que aunque es casi una niña, ya no camina más su patria. 
Ésa que desgarraron de los suyos, borrando de su vida a sus amados, castigando su duelo forzado, con noches de brumosas vejaciones, en opuesto continente, de rutas olvidadas.
Congelada bajo la indiferencia de tu mirada y el olvido de su patria.
Si. Ésa. La mujer que está a tu lado.